rss
email
twitter
facebook

jueves, 16 de diciembre de 2010

Navidad

Siempre he imaginado la Navidad con mi percepción y mis ojos de la infancia, cuando de niño la Navidad era blanca y pura, tierna y húmeda; el llanto de un bebé en todos los pesebres del mundo mientras la luna acariciaba desde su altura las callejas de los pueblos escondidas bajo una niebla gris que torcía a su antojo el asfalto y la redención de la humanidad se hacía a cada momento un poco más palpable.

La Navidad siempre ha sido blanca en mi concepto de este tiempo. En realidad, raramente ha sido blanca en esta llanura que se extiende al infinito en pos del alcance de la vista; mas, sin embargo, mi particular noción de la Navidad no puede tener cabida en mi pensamiento sin la imaginación de los tejados blancos y el níveo manto que emana paz y sosiego cubriendo los surcos de los campos donde tantos hombres y mujeres se dejan cada año la esperanza en un mañana mejor.
Tampoco es posible la Navidad sin que dentro de mí, que abrazo la fe cristiana en la educación que recibí de pequeño y en el abandono de la práctica, el corazón entienda que ha de latir renovado para poder acoger en mi seno el adviento previo y la fe que no ha dejado en ningún espacio de habitarme y acompañarme a cada paso.

Y quién no afirmaría conmigo la Navidad como encuentro. La familia (toda) alrededor de las faldas de la mesa camilla sosteniendo en una única respiración y pálpito la emoción del momento. Jamás podrá borrarse de mi mente la Navidad y la infancia de cada uno de nosotros; cuando no existía más referente que mamá y papá y los hermanos todos (entonces éramos más en las familias que ahora) aún no entendíamos el concepto real de la hermandad. Posteriormente, el tiempo y la vida nos han ido haciendo comprender este significado desde la ausencia ya de algunos de los nuestros.

La Navidad también nos ha llevado a tener una percepción de los acontecimientos que normalmente ocurren a nuestro alrededor desde una óptica de intento de comprensión y de solidarización con los más desfavorecidos. Sin embargo, en esta próxima Navidad, en la que cada año uno es más consciente del vertiginoso paso del tiempo desde la referencia del crecimiento de los que nos rodean, queridos y queridas amigas y amigos, yo quisiera aprovechar la peculiar circunstancia que me brinda las hojas recicladas de este cuaderno para plasmar por siempre mi pensamiento compartido y mis deseos más sinceros con los propósitos de decenas de personas, que como yo, consideramos la Tierra como un espacio común donde existen los medios y los recursos en cantidad suficiente como para que la felicidad de todas las personas pudiese ser una realidad.

Y es que diciembre, la Navidad y los Reyes Magos, nos evoca a todos (niños, adultos y mayores) sensaciones únicas y privadas, irrepetibles en la memoria. Los más pequeños porque aguardan con ansiedad sus regalos; los adultos porque establecemos un vínculo de comunicación y de unión entre los deseos de los niños y las esperanzas de los mayores; y los mayores, porque anhelan cada día con todas sus fuerzas, llegar a mañana. Quizás sea este el verdadero espíritu de la Navidad: la mirada de luz de las pupilas de un niño, reflejada como un espejo en el rostro de paz de sus padres, y desde el amor más sincero de los mayores que contemplan la escena con el recuerdo en el instante y en la memoria.

2 comentarios:

gran dijo...

Me ha conmovido gratamente la escritura tierna y ágil de tu percepción particular de la Navidad, eternamente blanca, y siempre compartida con los nuestros.

Anónimo dijo...

Me encanto , gracias por compartir sus pensamientos, deja plasmada el verdadero sentido de la navidad. Saludos desde Ecuador.